odos
los que aman al Señor con todo el corazón, con
toda el alma y con toda la mente, con todas las fuerzas, y
aman a sus prójimos como a sí mismos (cf. Mt
22,37.39; Mc 12,30), y odian a sus cuerpos con sus vicios
y pecados, 3y reciben el cuerpo y la sangre de nuestro Señor
Jesucristo, y hacen frutos dignos de penitencia: ¡Oh
cuán bienaventurados y benditos son ellos y ellas,
mientras hacen tales cosas y en tales cosas perseveran!, 6porque
descansará sobre ellos el espíritu del Señor
(cf. Is 11,2) y hará en ellos habitación y morada
(cf. Jn 14,23), y son hijos del Padre celestial (cf. Mt 5,45),
cuyas obras hacen, y son esposos, hermanos y madres de nuestro
Señor Jesucristo (cf. Mt 12,50). Somos esposos cuando,
por el Espíritu Santo, el alma fiel se une a nuestro
Señor Jesucristo. Somos para él hermanos cuando
hacemos la voluntad del Padre que está en los cielos
(Mt 12,50); madres, cuando lo llevamos en nuestro corazón
y en nuestro cuerpo (cf. 1 Cor 6,20), por el amor divino y
por una conciencia pura y sincera; y lo damos a luz por medio
de obras santas, que deben iluminar a los otros como ejemplo
(cf. Mt 5,16). ¡Oh cuán glorioso, santo y grande
es tener un Padre en los cielos! ¡Oh cuán santo,
consolador, bello y admirable, tener un tal esposo! ¡Oh
cuán santo y cuán amado, placentero, humilde,
pacífico, dulce, amable y sobre todas las cosas deseable,
tener un tal hermano y un tal hijo: Nuestro Señor Jesucristo!,
quien dio la vida por sus ovejas (cf. Jn 10,15) y oró
al Padre diciendo:
Padre santo, guarda en tu nombre a los que me has dado en
el mundo; tuyos eran y tú me los has dado (Jn 17,11
y 6). Y las palabras que tú me diste, se las he dado
a ellos, y ellos las han recibido y han creído de verdad
que salí de ti, y han conocido que tú me has
enviado (Jn 17,8). Ruego por ellos y no por el mundo (cf.
Jn 17,9). 17Bendícelos y santifícalos, y por
ellos me santificó a mí mismo (Jn 17,17.19).
No ruego sólo por ellos, sino también por aquellos
que, por medio de su palabra, han de creer en mí (Jn
17,20), para que sean santificados en la unidad (cf. Jn 17,23),
como nosotros (Jn 17,11). Y quiero, Padre, que, donde yo esté,
estén también ellos conmigo, para que vean mi
gloria (Jn 17,24) en tu reino (Mt 20,21). Amén.
CAP. II: DE AQUELLOS QUE NO HACEN PENITENCIA
Pero todos aquellos y aquellas que no viven
en penitencia, y no reciben el cuerpo y la sangre de nuestro
Señor Jesucristo, y se dedican a vicios y pecados,
y que andan tras la mala concupiscencia y los malos deseos
de su carne, y no guardan lo que prometieron al Señor,
y sirven corporalmente al mundo con los deseos carnales y
las preocupaciones del siglo y los cuidados de esta vida:
Apresados por el diablo, cuyos hijos son y cuyas obras hacen
(cf. Jn 8,41), están ciegos, porque no ven la verdadera
luz, nuestro Señor Jesucristo. No tienen la sabiduría
espiritual, porque no tienen al Hijo de Dios, que es la verdadera
sabiduría del Padre; de ellos se dice: Su sabiduría
ha sido devorada (Sal 106,27), y: Malditos los que se apartan
de tus mandatos (Sal 118,21). Ven y conocen, saben y hacen
el mal, y ellos mismos, a sabiendas, pierden sus almas. Ved,
ciegos, engañados por vuestros enemigos, por la carne,
el mundo y el diablo, que al cuerpo le es dulce hacer el pecado
y le es amargo hacerlo servir a Dios; porque todos los vicios
y pecados salen y proceden del corazón de los hombres,
como dice el Señor en el Evangelio (cf. Mc 7,21). Y
nada tenéis en este siglo ni en el futuro. Y pensáis
poseer por largo tiempo las vanidades de este siglo, pero
estáis engañados, porque vendrá el día
y la hora en los que no pensáis, no sabéis e
ignoráis; enferma el cuerpo, se aproxima la muerte
y así se muere de muerte amarga. Y dondequiera, cuando
quiera, como quiera que muere el hombre en pecado mortal sin
penitencia ni satisfacción, si puede satisfacer y no
satisface, el diablo arrebata su alma de su cuerpo con tanta
angustia y tribulación, que nadie puede saberlo sino
el que las sufre. Y todos los talentos y poder y ciencia y
sabiduría (2 Par 1,12) que pensaban tener, se les quitará
(cf. Lc 8,18; Mc 4,25). Y lo dejan a parientes y amigos; y
ellos toman y dividen su hacienda, y luego dicen: Maldita
sea su alma, porque pudo darnos más y adquirir más
de lo que adquirió. Los gusanos comen el cuerpo, y
así aquéllos perdieron el cuerpo y el alma en
este breve siglo, e irán al infierno, donde serán
atormentados sin fin.
A todos aquellos a quienes lleguen estas letras, les rogamos,
en la caridad que es Dios (cf. 1 Jn 4,16), que reciban benignamente,
con amor divino, las susodichas odoríferas palabras
de nuestro Señor Jesucristo. Y los que no saben leer,
hagan que se las lean muchas veces; y reténganlas consigo
junto con obras santas hasta el fin, porque son espíritu
y vida (Jn 6,64). Y los que no hagan esto, tendrán
que dar cuenta en el día del juicio (cf. Mt 12,36),
ante el tribunal de nuestro Señor Jesucristo (cf. Rom
14,10).